LAS DOS FACETAS DE UNA VIDA INFANTIL. ESCRITO CON CARIÑO, PARA UN AMIGO.


Tema eternamente infantil, este que nos brinda el niño mimado. 
Y es hoy algo que abunda en todas las familias. Hoy se ve por todas partes, presentando caracteres comunes, aunque las modalidades externas sean muchas veces diferentes. Puede afirmarse que jamás la infancia disfrutó tan amplia libertad para hacer cuanto se le ocurra, como en nuestros días. 

Y es sensible. No se trata de una libertad consciente, no; es una libertad sin límites ni cortapisas. 

Se ha buscado tanto en todas las cuestiones el menor esfuerzo, que hasta los padres prefieren dejar a sus hijos entregados muchas veces a su solo y propio instinto, que tomarse la molestia de reprender, o explicar sencillamente. 

El trato rígido al niño desapareció, por fortuna; pero en su lugar queda una blandura incomprensible, en padres que presumen de energía para otras cosas. 

Se observa otro caso interesante. 

Se trata de un pequeño-cuatro años-despierto y naturalmente gracioso. Es el encanto de todos los hermanos, y ¡no digamos de los padres! Más si es el encanto de la casa y una sonrisa de optimismo y alegría la recorre en cuanto habla, también la tiraniza con sus caprichos y antojos, sean o no factibles, cuadren o no a sus familiares… la voluntad del pequeño, se cumple siempre, siempre, inexorablemente, ¡no ha de cumplirse! Su plan de batalla es constante e idéntico. Pide el objeto deseado, con voz mimosísima. ¿No accede? Insiste gimoteando. ¿Tampoco? 

Empieza la sesión de lloros graduados. La familia, habituada al concierto, permanece indiferente. ¡Ah! Pues ya es hora de echar mano de los truenos gordos. Y empieza el lloro rabioso, estridente, al que sigue una gama de pataletas, tirarse al suelo, etc, etc. 

Imposible ya resistir el numerito. Y el ilustre personaje de cuatro años, ve cumplidos sus deseos, cesando en el acto lloros y disgusto. ¡Y qué sonrisa más elocuente la suya! 

Esta escenita se repite en cuanto penetra en casa. Todo cuanto se le antoja hay que dárselo y en todo hay que contentar el encanto y luz de la casa. ¿El nene quiere pan? Pues pan para el niño. En cuanto el pan llega a sus manos, el niño sin embargo desea ya queso. Pues queso al niño, precioso, monin, alegría de los papas, etc, etc. 

¿Ya está satisfecho? ¡Ni mucho menos! Ahora quiere dulce. En una misma tarde le vemos pedir, pan, queso, jamón, chocolate, dulce. Todo se le dio. Luego, por distintos sitios, vimos las cosas mordisqueadas y abandonadas olímpicamente, en cuanto el pequeño vió satisfechos sus deseos. 

¡Y si fuera esto solo! Al nene le molestan las moscas y se queja, lastimosamente. Toda la familia a oxear las moscas atrevidas que molestan a la luz de la casa. Luego es la zapatilla que roza, después que tropezó en la pared y a la pared hay que pegar… 

En una palabra. Dentro de la casa la vida de este niño mimado, es una queja continua y un capricho ininterrumpido, teniendo a todos pendientes de su boca. 

Surge una pregunta interesante. Y en el colegio ¿cómo se comportará con sus compañeros? Pues es otro completamente distinto. Si las moscas le molestan, él solito se las quita; si tropieza y cae, se levanta sin queja, alegremente; come pan solo, con ansia y deseo. En una palabra el dorso de la medalla. 

Pero todo cesa en cuanto nota que le observa un familiar, para volver al tono quejumbroso y lastimero que le es peculiar en su domicilio. Es decir, este niño mimado, como tantos otros, tiene dos facetas, dos vidas distintas. 

¿No hay remedios para esto? ¡Ya lo creo! El mismo nene los muestra. En cuanto una persona conocida le habla seriamente, obedece sin gemidos. Si hay constancia y trato racional, este niño caprichoso pronto dejará de serlo. 

Los padres no deben olvidar esto…si de los tres a los cuatro años no se ha logrado enderezar al niño, es casi seguro que no se logrará.

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